Nacemos con la capacidad de experimentar lo que otros experimentan y participar en su experiencia en virtud de la forma en que somos atrapados por su sistema nervioso. Una de las preguntas reales no es: «¿Cómo sucede esto?». Estamos empezando a tener una idea bastante clara. La verdadera pregunta es: «¿Cómo evitamos que esto suceda para no ser prisioneros del sistema nervioso de otra persona todo el tiempo?».
Daniel N. Stern
Aunque pudiera parecer obvio, es necesario enfatizar que los profesionales relacionados con las víctimas pueden padecer las mismas alteraciones psicopatológicas consecutivas a un trauma que cualquier otra persona; en algunos momentos, parece traslucirse que existiría una inmunización ante los traumas, ya que la profesionalidad nos colocaría al margen del resto de los seres humanos. No podemos olvidar que, en ocasiones, la participación de los profesionales, que han sido ellos mismos víctimas de un acontecimiento traumático, conlleva una acumulación de nuevos traumas. El hecho de colocarnos fuera, exentos de repercusiones psicopatológicas, impide considerar la necesidad de labores preventivas, y hace que no se tengan en cuenta los trastornos hasta que son altamente disruptivos.
La exposición continua a historias que muestran, por un lado, la maldad y las atrocidades que podemos perpetrar, y, por otro, la extrema fragilidad que tenemos los seres humanos, puede llevar aparejada una dificultad en mantener las creencias básicas que planteó Ronnie Janoff-Bullman como fundamentales: creencia en la invulnerabilidad personal y la percepción del mundo como significativo; predecible y justo. Los profesionales que trabajan con víctimas pueden sentir un desvalimiento personal, viviendo como extremadamente viable la posibilidad de recibir un daño externo; es decir: en ese gesto de acompañamiento a la víctima de un trauma, un profesional puede cambiar la percepción del mundo, de manera que sienta la injusticia y la impredecibilidad como los ejes sobre los que giran nuestras vidas.
En algunos momentos, aunque sea de forma parcial, el profesional acepta que tiene una alteración emocional; una de las formas de explicar esa desestabilización emocional es la atribución a aspectos organizativos de su trabajo, a la estructuración laboral y a sus carencias del origen de su malestar; se deja así al margen el factor empatía o compasión: es decir, la repercusión que tiene en cada uno de nosotros las tragedias con las que convivimos.
Dentro de una teoría constructivista de desarrollo del self, Lisa Mac Cann y Laurie Pearlmann desarrollaron el concepto de traumatización vicaria. Estas reputadas investigadoras del ámbito de la psicología del trauma, plantean cómo el trabajo o la visión de un material doloroso de personas traumatizadas origina, a menudo, en los terapeutas, cambios en los esquemas de creencias, expectativas y asunciones acerca de si-mismo y de los otros. Las emociones ligadas al trauma que relatan los pacientes pueden ser incorporadas a la memoria y a los sistemas de memoria de los terapeutas. La traumatización vicaria es conceptualizada, desde esta posición, como una reacción normal y no patológica ante el trabajo, extremadamente estresante y en ocasiones traumatizante, con las víctimas; se engloban aquí un amplio conjunto de reacciones que son consideradas en término de proceso y no como un acontecimiento único.
Hemos señalado la inevitable toma de partido en que nos coloca el acontecimiento traumático, esta toma de conciencia se acentuará cuando estemos ante un hecho producido por otro ser humano, o en el que intervenciones posteriores de algunas personas, han originado un grave daño. La posición inicial se divide entre los que consideran que la víctima es una víctima, alguien que ha recibido un daño que no le correspondía y, por otro lado, los que se sitúan en la posición de que algo habrá hecho para merecer lo que le ha ocurrido; trasladado a una expresión muy común, escuchamos hablar de víctimas inocentes que por tanto tienen su contrapunto en las víctimas culpables; en esta búsqueda de la culpabilidad, se investiga y pregunta a la víctima, mucho más de lo necesario, sobre las actuaciones que ha tenido en los hechos y en las relaciones que mantenía con el agresor.
Son diversas las formas en que nos podemos identificar con la persona a la que estamos atendiendo o en ocasiones nos identificamos exclusivamente, de forma impersonal, con el daño que ha recibido. Podemos sentir miedo, en sentido abstracto, a estar entre los agredidos ya que, algo que no sabríamos definir, nos podría ocurrir; este sentido del desamparo o la indefensión, nos llevaría a una indignación virulenta y no concreta sin un receptor especifico. Si vivimos una identificación empática justificamos, de una forma excesiva, cualquiera de las reacciones que podamos observar en la víctima. Dado que, frente a estas vivencias catastróficas. nosotros nos encontramos bien, podemos sentir culpa, la culpa del testigo, por habernos librado del sufrimiento que se muestra ante nosotros; este sentimiento puede llevar a ignorar nuestros legítimos intereses (que tenemos que mantener) y por ende a asumir una implicación personal excesiva.
La identificación con la incapacidad, la minusvalía, el desvalimiento, la pérdida de eficacia y el desamparo de la víctima puede conducir a una infravaloración de nuestros conocimientos y de nuestra capacidad profesional. Podemos sentir que no tenemos ningún margen de actuación y atribuirlo a una falta de preparación o a una minusvalía profesional; entonces estaríamos siendo el espejo en el que se refleja el desamparo y la falta de capacidades, con una pérdida de la perspectiva de nuestra actuación en la que dominaría el sentimiento de que nada de lo que hagamos será suficiente.
La descripción que Ana Freud realizó de cómo los niños se podían identificar con su agresor nos puede servir para entender la identificación con el victimario que podemos tener los profesionales; describió tres formas en las que este mecanismo se producía: reasumiendo la agresión en la misma forma, imitando física y moralmente al agresor o bien adoptando símbolos de éste; añadió que, en ocasiones, la identificación no se realizaba con la persona del perpetrador sino con la agresión en sí misma. Resulta fácil que nos transformemos en agresores, en ocasiones justicieros, con lo que repetimos así la situación que nos es relatada. La asunción del papel del agresor se ve fomentada por la tremenda asimetría entre una posición de dominio que mantenemos nosotros y una de desvalimiento, en ocasiones casi absoluto, que tiene la víctima; puede resultar especialmente dificultoso salirse de esta polaridad extrema que acompaña al trauma. En ocasiones, nos identificamos con la agresión, colocándonos en un papel en que la fuerza, la oposición, la rabia y el enfado sean las armas que utilizamos para enfrentar la situación que se nos ofrece.
Un aspecto especialmente controvertido es la tendencia a la reedición del trauma; la víctima ejercita esa repetición en un intento, ineficaz por supuesto, de superar su trauma, de manera que actúa de forma inconsciente, repitiendo así el contexto de éste; con lo que coloca a las personas de su entorno, incluidos los que le ofrecen ayuda, en una posición de explotadores que puede llevar al abuso o bien a la aparición de conductas hostiles hacia ella.
(Este trabajo fue publicado originariamente en 2005, en la desaparecida web www.institutodevictimología.com)
Autor: Antonio Sánchez González
Psiquiatra- Psicoterapeuta – Perito Judicial
Especializado en el trabajo con personas afectadas por acontecimientos traumáticos