Los monstruos existen, pero son demasiado pocos para ser realmente peligrosos; los más peligrosos son los hombres comunes, los funcionarios listos para creer y obedecer sin discutir.
Primo Levi
Nos vemos inmersos en una situación en la que existe un monto de agresividad circulante que tendrá que lograr alguna vía de escape. Los niños víctimas generan una gran carga de agresividad, debido a lo injusto o inapropiado del daño que han recibido; esta agresividad que va dirigida a quien perpetró el daño, a los que no lo impiden, o a la organización social, puede fácilmente ser revertida de forma inconsciente hacia el niño. Desde una posición en la que intentamos reparar o paliar un daño que se nos ofrece, corremos el riesgo de ubicarnos en un rol de fuerza, de potencia, que reedita la agresividad y la violencia del trauma.
Fruto de su trabajo con mujeres víctimas de abusos sexuales, Judith Herman plantea que puede existir una identificación con el perpetrador que se puede manifestar de varias formas: tales como escepticismo sobre la veracidad de la historia de la paciente, minimización y racionalización del abuso. También se puede sentir repulsión hacia el comportamiento del paciente, o juzgar y censurar cuando no consigue estar a la altura de una idealización de cómo se debería comportar una “buena” víctima. Se puede empezar a sentir desprecio por la indefensión del paciente o tener un miedo paranoico al impulso de venganza de este; en otros momentos, el profesional puede tener sentimientos de odio y desear librarse del paciente. En otros casos, puede aflorar una tendencia voyeur y fascinación por lo ocurrido.
El niño que es abusado, maltratado o que soporta negligencias repetidas de sus cuidadores, mantendrá lo que se ha llamado pensamiento doble. Por un lado, tendrá la conciencia de que las personas que tendrían que protegerle no sólo no cumplen esa función sino que le infligen un daño; por otro, necesita mantener un vínculo con estos adultos que le permita conservar una esperanza. Al no poder modificar la realidad, la alternativa es la alteración de su mente, apartando de la conciencia el daño recibido y actuando como si nada hubiera ocurrido. Se impone así la necesidad de mantener un vínculo con sus adultos significativos, de manera que preserve un objeto bueno con el que poder relacionarse. Esta estructuración del pensamiento, imprescindible para su supervivencia, puede exasperarnos, al comprobar que son rechazados nuestros intentos de ayuda y que se toleran, justifican y defienden actitudes que son claramente reprochables. Algunas de las reacciones que mantenemos son fruto de esta reacción de la víctima, que nos puede llevar a sentirnos devaluados en comparación con el agresor.
Ubicamos a los agresores como diferentes; necesitamos pensar que están fuera de la naturaleza humana. Esta posición puede ser un importante escollo para poder abordar el acercamiento a estas personas, al que nos vemos obligados en muchas ocasiones. Paradójicamente, al dejarles al margen de los comportamientos humanos, podemos centrarnos únicamente en sus actuaciones, dejando fuera al niño que ha sido víctima. La atracción que ejerce el victimario se comprueba en muchas de nuestras manifestaciones sociales, centradas de una u otra forma, en el agresor; nosotros también vamos a estar inmersos en esta corriente que nos lleva hacia el victimario y que excluye a la víctima.
En este contexto de maltrato a la infancia, otro tema de gran complejidad es nuestra ubicación frente a las personas que han tolerado y en ocasiones amparado y consentido la victimización. En ese marco, se pueden manifestar tres tipos de comportamientos: podemos colocarlas en el mismo nivel que el victimario, de tal modo que reproduzcamos exactamente las reacciones que tenemos con éste; una segunda posibilidad es contemplar una visión global de la situación y tomar una postura en la que vemos a los consentidores inmersos en un complejo entramado y como víctimas ellos mismos; una tercera reacción es la de depositar en estas personas todo nuestro malestar, indignación y rabia, colocándoles como responsables, por encima del perpetrador, de todo lo ocurrido.
Lo cierto es que la búsqueda de responsables nos puede alejar de la función de ayuda, incluso la necesidad de justicia frente a los ofensores nos puede llevar a olvidarnos del niño e incluso a inferirle un daño. Es necesario que sepamos separar lo que son nuestros deseos de reparación del daño, las necesidades y los imperativos sociales de aquello que es lo más conveniente, personalmente, para el menor afectado. Es frecuente, en el desarrollo de los procesos judiciales, que primen los deseos y necesidades de los adultos y los requerimientos sociales; aquí, los profesionales deben ser los portavoces sobre lo que es más conveniente para la víctima infantil.
Las situaciones en las que tanto quien recibe el daño como quien lo provoca son niños, nos confrontan radicalmente y nos vemos inmersos en una dinámica que nos pueden conducir a actuaciones que traten de resolver la confusión que se produce en este caso entre víctima y victimario; en este caso, más que en ninguna otra situación, debemos mantener un intento de equilibrio entre la empatía y la distancia ante dos menores donde, en la mayor parte de las ocasiones, uno de ellos es a la vez víctima y verdugo.
Autor: Antonio Sánchez González
Psiquiatra- Psicoterapeuta – Perito Judicial
Especializado en el trabajo con personas afectadas por acontecimientos traumáticos