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Por equilibrado que sea el terapeuta, es probable que se tope con pacientes cuyo historial y problemas sean particularmente perturbadores y fascinantes  a la vez, de modo que su equilibrio se vea amenazado.

 

Anthony Storr

Ante cualquier acercamiento profesional a personas que han sufrido un acontecimiento traumático relevante, debemos tener presente que sus respuestas emocionales han quedado alteradas; uno de los cambios más significativos se produce en la relación interpersonal. Lo cierto es que la vivencia que una víctima tiene en el encuentro con el otro, aunque lo que se le ofrezca sea ayuda, está profundamente impregnada de la vivencia traumática y de las reacciones que han tenido diversas personas significativas ante ella. Para psicoterapia traumáticocomprender las intensas reacciones que, en ocasiones, presentan las víctimas ante los profesionales, hemos de considerar que el trauma provoca una actitud extrema, como de vida o muerte, con una polarización absoluta en buenos y malos donde los neutrales o los indecisos son vividos como victimarios. En ese sentido, resulta interesante tener en cuenta la posición que planteó Martin Seligman al señalar que la indefensión debilita la motivación para iniciar respuestas: «las pruebas experimentales muestran que cuando  un organismo ha experimentado  una situación traumática que no ha podido controlar, su motivación para responder a posteriores situaciones traumáticas disminuye. Es más, aunque responda y la respuesta logre liberarle de la situación, le resulta difícil aprender, percibir y creer que aquella ha sido eficaz; los acontecimientos incontrolables disminuyen la motivación para iniciar respuestas voluntarias que controlan otros acontecimientos”.  Se aprecia así como la incontrolabilidad distorsiona la percepción del control, llevando a la víctima a infravalorar sus capacidades, conocimientos y recursos.

La cuestión es que la capacidad de confiar queda profundamente alterada como consecuencia de la experiencia traumática; se generaliza la desconfianza, de manera que la propia víctima siente que nadie será capaz de poder entender la complejidad de sus emociones y sentimientos, por los que se encuentra desbordada. La desconfianza se ve acrecentada por las distorsiones perceptivas que se han generado tras el trauma y, en muchas ocasiones, por un desequilibrio perceptivo en el que, junto con grandes déficits de comprensión en áreas elaboradas (lenguaje, pensamiento abstracto), se produce una percepción extremadamente sensible y sutil de la comunicación no verbal y no consciente. La conjunción de la desconfianza con los desequilibrios perceptivos conlleva una malinterpretación constante ante los motivos y  las reacciones de los demás, incluyendo a las personas que se les acercan para ofertarles ayuda.

La reexperimentación del trauma puede conllevar, por parte de la víctima, la necesidad de ubicar a cualquier persona que se acerque en el papel del agresor; se actualiza así el momento en que la víctima se sintió sola frente a un mundo que le agredía. Esta compulsión a la repetición trata de encontrar una solución, de forma muy ineficaz, a la diada establecida entre agresor o agresores y la víctima; esta percepción de los demás como agresores es universal y, por tanto, independiente de la actitud de la persona que se les acerca. No podemos dejar de señalar cómo esta repetición puede llevar a que la víctima fuerce, de forma no consciente, la aparición de conductas o actitudes hostiles hacia ella.

Hay que tener en cuenta que la respuesta de huida, que es adaptativa y protectora, pierde toda su eficacia cuando se generaliza; la necesidad de dejar fuera, de lograr la inexistencia del trauma, conduce a la evitación de cualquier contacto con todo aquello que pueda evocarlo. El hecho de recibir atención y ayuda conectará con la vivencia traumática y, por tanto, se elude; el esfuerzo por evitar pensamientos o sensaciones tiene una potencia superior al deseo y la necesidad de ayuda.

Vemos muchos casos en los que la vivencia del trauma no se integra dentro de la historia personal, se mantiene independiente e inalterada, de tal modo que se transforma en una experiencia contemporánea que se reedita en cada nuevo contacto personal; esta fijación en el trauma impide la experimentación de sensaciones gratificantes que podrían ayudar a compensar, de alguna forma, el dolor interno; desde el exterior es fácil vivir esta fijación como un deseo de la víctima de no ser ayudada y de querer quedarse en su situación.

Tras sobrevivir a una atrocidad, se instaura una dialéctica entre recuerdo y el olvido, entre la negación y la hiperpresencia, entre la reexperimentación y la evitación, entre la amnesia y la hipermnesia, entre el deseo de ocultar y de desvelar lo vivido, entre el secreto y la divulgación; se produce, en definitiva, una fragmentación del discurso, pérdida de la secuencia del recuerdo, dismnesias, dificultades de atención y de verbalización que hacen difícilmente comprensible el relato de la víctima y que generan un distanciamiento por parte de aquellos que les escuchan.

La pérdida de la seguridad básica conlleva una vivencia continua del entorno como peligroso, como totalmente fuera del control personal; con lo que se generaliza la amenaza, se exacerba la suspicacia, se magnifican las preocupaciones y, como señalamos previamente, se da una vivencia escindida del mundo en el que muy pocas personas son consideradas como ayudadoras, lo que se traduce en que el resto del mundo es vivido, en mayor o menor medida, como enemigo o victimario. Esta posición genera, inevitablemente, actitudes de rechazo por parte de los que se acercan a la víctima.

(Este trabajo fue publicado originariamente en 2005 en la desaparecida web www.institutodevictimología.com)

Autor: Antonio Sánchez González

Psiquiatra- Psicoterapeuta – Perito Judicial
Especializado en el trabajo con personas afectadas por acontecimientos traumáticos