La ansiedad catastrófica, el terror absolutamente debilitante, es siempre racional, mientras que su ausencia es siempre irracional. Así pues, investir y disfrutar de la vida significa, en cierta medida, evitar pensar en la muerte; implica vendarse los ojos, protegerse a través de un muro defensivo.
Irwin Hoffman
La sobreimplicación y el rechazo son los dos extremos entre los que oscilarán las actuaciones de los profesionales ante las víctimas, siempre con una peligrosa tendencia a colocarse en uno de ellos o dar un tremendo giro de uno a otro. Resulta obvio que el rechazo, en las múltiples formas en que se puede realizar, será dañino para la víctima; quizás, por no resultar tan claro, es más necesario reparar en los peligros que surgen del acercamiento excesivo, de la sobreidentificación y, por tanto, de la implicación que sobrepasa los límites de la profesionalidad y que dejará de cumplir su función esencial, que debe ser la ayuda.
Nos movemos
en un campo en el que la neutralidad resulta especialmente dificultosa, siendo ésta absolutamente imposible en los casos en los que la victimización proviene de la acción de otro ser humano; asumir que la equidistancia es imposible nos puede ayudar a mantenernos en nuestra posición de profesionales. La víctima necesita partidarios, amigos, personas especialmente cercanas e incluso incondicionales, pero a la vez y aún más difícil de encontrar que esto, necesita una ayuda profesional que le permita salir de la posición de víctima y pasar a ser alguien que ha sufrido un daño, tremendo en muchos casos; una ayuda que le permita desembarazarse de la continua reedición del trauma en que se ha convertido su vida. Resulta difícil, pero es imprescindible, lograr una actuación que, aunque inevitablemente mantendrá una tensión dialéctica entre el acercamiento y la distancia, tendrá que tratar de conseguir la presencia conjunta de una posición crítica que no sea devaluadora y una posición cercana que sea empática y comprensiva.
Son múltiples los aspectos que son negados en relación con los traumas. Las formas en que llevamos a cabo estas negaciones son muy variadas y, en algunos casos, extremas. Podemos pensar que lo que le ha ocurrido a la persona que atendemos no nos podría ocurrir a nosotros, o que al menos nuestra reacción sería totalmente distinta; el que seamos profesionales nos conferiría una barrera protectora en la que rebotarían los traumas y sus secuelas; de forma paralela, colocamos a la víctima en un papel de persona indefensa, débil e incapaz, que secundariamente nos sirve para reforzar nuestra autopercepción como seres humanos fuertes y capaces.
En ocasiones la magnitud de las atrocidades que se nos muestran nos lleva a pensar que sean imposibles, pensamos que son historias inventadas por las víctimas a quienes les atribuimos, sin más, una gran capacidad para fabular; siendo más generosos, no dudamos absolutamente de la historia que nos relatan pero pensamos que, de alguna forma, está siendo magnificada. Minimizamos el daño que se nos presenta y una de las formas de hacerlo es la frecuente atribución de actitudes rentistas, con una exhaustiva búsqueda de las ganancias secundarias en un intento de explicar la complejidad de las reacciones traumáticas desde ahí.
El desvalimiento de la víctima lleva aparejada una tendencia a pensar que no es capaz de hacerse cargo de su vida y que ignora qué es lo que necesita; se puede producir aquí un intento de traspasarle nuestra forma de entender el mundo confundiendo lo que son nuestras necesidades con las de ella. Podemos tratar de que lleve a cabo acciones o respuestas muy alejadas de sus capacidades, que únicamente responderán a nuestra urgencia por solucionar algo que nos resulta inasumible.
Cuando nos colocamos en el papel del rescatador, incrementamos la indefensión de la víctima, arrebatándola el control sobre su propia existencia, nos ubicamos en un rol en el que nosotros sí sabemos lo que le conviene; llegamos a una posición absolutista en la que podríamos formular: -todo por la víctima, pero sin la víctima-. Impedimos así que construya el eje central sobre el que girará la integración del trauma, que es la recuperación del control de su vida. La omnipotencia, que puede necesitar el profesional, se puede identificar fácilmente con la necesidad de la víctima de tener alguien que le provea de seguridad, pero esta seguridad, para que sea eficaz, debe provenir de una relación humana y no del contacto con un ser al que se considera superior e inaccesible, con algo así como una deidad omnipotente.
Un campo en el que fácilmente se puede intentar imponer ideas, sin valorar suficientemente la complejidad de la persona que ha sufrido un daño, es el de la búsqueda de una reparación social o, en otros casos, el de tratar que exista un ocultamiento de todo lo ocurrido; en ambos casos, resulta imprescindible discernir entre lo que son nuestros deseos de justicia o nuestros temores sociales, de los de la víctima.
La presión social, que es especialmente relevante en algunos traumas concretos, es percibida esencialmente por el profesional que tiene que moverse en un campo en el que socialmente se manejan mensajes contradictorios. La polaridad que suscitan los acontecimientos traumáticos conlleva el mantenimiento simultáneo de posiciones sociales alejadas e incluso dicotómicas; estas contradicciones tienen que ser compatibilizadas con los sentimientos propios, dicotómicos y contradictorios a su vez. Se impone así una urgencia de respuesta que está totalmente alejada de los deseos y necesidades de la persona traumatizada.
No es infrecuente que confundamos nuestro anhelo de saber, de conocer todos los detalles de lo ocurrido, satisfaciendo así nuestra curiosidad, con la conveniencia y el supuesto beneficio, que supone el relato por parte de la víctima de lo que le ha ocurrido. Podemos ubicarnos como unos espectadores privilegiados, que tienen acceso a historias que superan las literarias y cinematográficas, y en esta posición de voyeur llevar a cabo interrogatorios que van más allá de lo necesario, buscando detalles que no aportan nada en nuestra labor profesional.
(Este trabajo fue publicado originariamente en 2005 en la desaparecida web www.institutodevictimología.com)
Autor: Antonio Sánchez González
Psiquiatra- Psicoterapeuta – Perito Judicial
Especializado en el trabajo con personas afectadas por acontecimientos traumáticos