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Sin ninguna consideración, sin piedad, ni vergüenza,
Levantaron muros alrededor mío, gruesos y altos.
Y ahora me siento aquí tan desesperado.

 

C. Kavafis

Tras vivir un trauma, quienes lo sufren afrontan un proceso personal de intentos de asimilación de lo vivido. En algún momento de este proceso, en el que la víctima no tiene apenas intervención, el desarrollo legal de su caso puede hacer aparición y ,entonces, se ve envuelta ,de forma paralela, en un proceso judicial y en su conflicto personal de adaptación e integración de sus vivencias.

justicia maltratoEn este entrelazamiento del proceso judicial y el proceso personal podemos encuadrar las actitudes de las víctimas alrededor de dos tipos polarizados de reacciones. En un extremo encontramos que la víctima se mantiene replegada sobre sí misma, aislada, no busca ayuda, tiende a mantenerse al margen de los procesos legales, muestra una pasividad externa y presenta la apariencia de un desinterés por lo relacionado con su caso; esta reacción puede, en muchos casos, ser confundida con una superación del trauma ya que la víctima ha logrado, aparentemente, que éste no exista en su vida. En el otro extremo nos encontramos ante una actitud en la que se expresan, de forma casi permanente, los sentimientos de enfado, rabia y odio por el trauma vivido; se extiende la culpabilización de lo ocurrido a muy diferentes personas y grupos y se mantiene una sensación de absoluta incomprensión por parte de los demás. Desde esta posición se mantienen posturas querulantes, enérgicas posiciones reivindicativas, con exigencias exageradas, en las que ninguna reparación será valorada. La mayoría de las víctimas se situará en lugares intermedios de este espectro y tomarán posturas alternantes manteniendo una continua tensión dialéctica entre el enclaustramiento interno y la externalización de su malestar.

Las respuestas que las víctimas tienen ante el trauma condicionarán la forma en que se implican en el proceso judicial de su caso; por otra parte el desarrollo de este proceso provocará en unos casos y aumentará en otros diversas alteraciones psicopatológicas.

Los procesos psíquicos que se ponen en marcha tras el trauma y los procesamientos cognitivos que se establecen hacen que la víctima no se encuentre, en muchas ocasiones, en buenas condiciones para poder afrontar el desarrollo del proceso judicial de su caso. Tienen importantes dificultades para ejercer la defensa de sus derechos. Resulta necesario un apoyo externo que deberá ir más allá de aportarles información sobre los pasos que pueden seguir; este apoyo deberá encaminarse a soslayar las tendencias evitativas que provocarían retraimiento ante las actuaciones legales, lo cual en el futuro generará consecuencias potencialmente dañinas.

El difícil equilibrio que la víctima trata de conseguir entre los recuerdos y la reelaboración del trauma y la evitación de las consecuencias emocionales se verá profundamente alterado a lo largo del desarrollo de todo el proceso judicial. La exclusión o la mínima participación en el desarrollo procesal, aunque sea propiciada por la víctima, tendrán consecuencias negativas en el desarrollo de los procesos de integración del daño recibido.

La percepción del mundo como injusto y peligroso, que acompaña a la vivencia traumática, se puede ver agravada por el desarrollo de los trámites judiciales en los que la víctima queda en un segundo plano, despersonalizada en muchos casos, situada como testigo de su propio daño en otros, inmersa en un sistema garantista de los derechos del agresor, supeditada a un proceso burocrático y sustituida, de forma habitual, por una víctima abstracta y simbólica que es el «bien social».

Al prolongarse en el tiempo el proceso judicial tiene un efecto muy negativo sobre las conductas evitativas y sobre las reexperimentaciones; además dificulta e incluso impide la integración de la vivencia traumática que es imprescindible para un desarrollo de una vida que no esté centrada en el trauma.

Remarcar por último, como a lo largo de todo el proceso judicial la percepción de falta de apoyo por parte de instituciones, personas o elementos sociales con los que la víctima suponía que podía contar, ya que así se lo habían trasmitido, provoca daños más profundos que los generados por el hecho traumático en sí mismo.

Autor: Antonio Sánchez González

Psiquiatra- Psicoterapeuta – Perito Judicial
Especializado en el trabajo con personas afectadas por acontecimientos traumáticos

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