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Instituto de Investigación en Psiquiatría y Psicoterapia

Es peligroso aventurarse. ¿Por qué? Porque se puede perder 


Soren Kierkegaard

De forma recurrente, y casi permanente, se nos ofrece el refugio de la esperanza como el motor y el eje impulsor de nuestros actos y movimientos; se le atribuyen múltiples beneficios y es considerada como saludable y muy positiva. El filósofo André Comte-Sponville difiere de esa corriente de opinión generalizada y en una interesante conferencia, recogida en un libro titulado «La felicidad desesperadamente», nos ofrece un pensamiento divergente del mayoritario en nuestras sociedades, al desarrollar una crítica a la esperanza.  

La manera en la que bastantes personas conciben la esperanza puede convertirse en un bloqueador de la acción; algo externo, sobre lo que no tenemos ninguna influencia, y cuya creencia nos dará la respuesta y resolverá los problemas que nos rodean. Así se transforma en un freno que entorpece el compromiso con uno mismo y que dificulta el afloramiento y el desarrollo de las competencias propias. Esperar es desear sin saber, únicamente esperamos aquello que ignoramos. La esperanza y el conocimiento nunca convergen, cuando se sabe no hay espacio para esperar; «no se espera lo que se sabe; no se conoce nunca lo que se espera» 

En momentos de crisis, resulta especialmente complicado asumir la propia responsabilidad. ¿Qué camino pues podemos escoger frente a las cómodas esperanzas, ingenuas e infantilizantes? Podemos contraponer la voluntad, que no es un camino fácil ya que, como señaló Willian James, es un esfuerzo deliberado; lento y pesado. Esa clase de voluntad, alimentada por la intención y un esfuerzo laborioso, es considerada por Yalom, como el inicio del cambio, como “el órgano del futuro”, que permitirá la transformación del presente y el preludio de un goce futuro. Frente al deseo que no depende de nosotros, la esperanza concebida como un ente misterioso y ajeno en el que no operamos ninguna clase control, se contrapone el deseo de lo que sí podemos hacernos cargo, que es la voluntad.   

Carecer de esperanza no es desesperar. El contrario de la esperanza no es el temor, lo opuesto a esperar es saber, poder y gozar. Temor y esperanza van indefectiblemente unidos, son el haz y el envés. Cuanto más esperamos del futuro, cuanta más expectativa acumulamos en nuestro interior, somos menos felices. La armonía, la genuina felicidad está vinculada a este doble circuito que vincula el pensamiento y la emoción con las acciones: hacer lo que deseamos y, especialmente,  desear lo que hacemos. Es decir, si gozamos más de lo que hacemos, esperaremos menos del porvenir. De esta manera, crece la autorrealización y la sensación profunda de gobierno y dirección en la propia vida.  

Al final de la charla que ha inspirado este artículo, Comte-Sponville ofrece un compendio ilustrativo de su reflexión: tanto de aquello que es deseable evitar, como de los ingredientes que ayudan a guiar la trayectoria vital que se quiere desarrollar. «No se trata de prohibirse esperar, ni de esperar la desesperación. Se trata, en el orden teórico, de creer un poco menos y de conocer un poco más. En el orden práctico, político o ético, se trata de esperar un poco menos y de actuar un poco más. Por último, en el orden afectivo o espiritual, se trata de esperar un poco menos y de amar un poco más«. 

Creo conveniente añadir que para recorrer este camino de conocer, actuar y amar, cuyos elementos de desarrollo son la voluntad y la propia responsabilidad, es imprescindible contar con la cooperación de personas, buenos cómplices, que faciliten, y posibiliten y, paralelamente, soltar el lastre de esos otros seres que, por contra, obstaculizan, complican y entorpecen el viaje. 

Autor: Antonio Sánchez González

Psiquiatra- Psicoterapeuta – Perito Judicial Especializado en el trabajo con personas afectadas por acontecimientos traumáticos

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