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Instituto de Investigación en Psiquiatría y Psicoterapia

Afila tu espada en tu dolor. Tu pena se convierta en rabia y no te embote el ánimo: que te lo irrite.


William Shakespeare

La ira constituye parte integral de la reacción de pesar; John Bowlby afirmó que «es una respuesta inmediata, corriente, y quizá invariable, a la pérdida». En este tiempo que vivimos, melifluo y evanescente, en el que estamos sobrecargados de la necesidad de emociones «positivas», la ira y el enfado son elementos psíquicos que deben ser reivindicados. Son una energía motivadora, que nos hace salir del acomodamiento y nos proporciona una fuerza que impulsa a cambiar cosas que no nos gustan y, sobre todo, que nos parecen injustas. Sentirse enfadado, vivir la ira puede ser un potente impulso para afrontar situaciones que, de otra forma, no seríamos capaces de abordar.

emociones psicología enfado

Resulta imprescindible diferenciar entre el sentir y el hacer. Enfadarse no es, ni mucho menos como se plantea con frecuencia, algo que haya que erradicar; lo problemático radica en su expresión: cuándo, cómo, dónde, en qué grado y, sobre todo, en su persistencia. La expresión y modulación de la ira y el enojo puede y debe ser un camino de aprendizaje: se trata de, identificar su origen, descubrir y discernir la amalgama entre lo exterior y lo interior, entre la invasión externa y las propias incapacidades. Nos facilita poner los límites que son necesarios para el desenvolvimiento vital y nos ubica en esa compleja frontera entre la defensa y el ataque. Nos aporta un señalamiento, nos informa de qué pasa en nuestro mundo interno y nos ofrece la posibilidad de incrementar nuestro autoconocimiento. 

Es necesario poder sentir la ira, experimentarla, percibirla y observarla dentro de uno mismo; es pasión y es energía. Resulta estimulante aprender de ella, comprender y conocer de dónde parte, diferenciar la que está ligada al presente y la que es una manifestación de lo pasado. Saber que, en ocasiones, no podemos admitirla por considerarla vergonzante. También es importante valorar su idoneidad, ya que  puede ser tanto una posición de fuerza como la expresión de la propia incapacidad. Enfadarse en algunos momentos es imprescindible, también sentir su exceso para así poder rectificar.

Una vez reivindicados estos sentimientos, es nuclear incidir en cómo la persistencia de la ira y del enfado, el aferramiento a estas emociones, es una invasión del ser que impide la expresión e incluso la existencia del resto de las emociones. Es como un tumor psíquico que penetra y metastatiza en todos los ámbitos vitales, imposibilitando el desarrollo personal.

El camino está trazado; el reto que cada uno debe afrontar consiste en la búsqueda de la forma de expresarla de una manera adecuada y así, en muchas ocasiones, ya conocida y sentida como propia, simplemente dejarla ir.

Autor: Antonio Sánchez González

Psiquiatra- Psicoterapeuta – Perito Judicial Especializado en el trabajo con personas afectadas por acontecimientos traumáticos

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