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Si todo es pura mentira,

Mentira todo será.

De nada nada se saca,

A nada nada se da.


Fernando Pessoa

Vivimos una época en la que las mentiras sociales, culturales, relacionales y personales conforman el devenir cotidiano. El mantenimiento sostenido en el tiempo, así como la absoluta impunidad y tranquilidad con la que se ejerce la mentira, conduce a pensar que es ya una cuestión no coyuntural sino estructural. Una construcción social tan vasta únicamente puede darse cuando, en el plano personal, existen muchas personas que la tienen y mantienen como base de sostén de elementos esenciales de sus vidas.

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Es imprescindible no confundirse; no estamos hablando de apariciones puntuales, ni del secreto y, por supuesto, no estamos en el campo de la verdad ni de sus ausencias; es algo mucho menos complejo, es la presencia y persistencia de esa mentira sostenida y reiterada.

La mentira que estaba tapada, camuflada, aparecerá, se manifestará y en ese momento anegará la libertad. Es una nefasta compañera de viaje, es precipitarse ladera abajo en una pista negra sin fin, recorrer un camino flanqueado de falsedades y de espurias explicaciones. Nada que sea bueno, productivo y estable se puede construir; es el intento imposible de cementar sobre una ciénaga, es la reedición permanente y perpetua de una salida falsa que nunca solucionará. Negociar con la mentira es hacerlo con la usura, aceptar un préstamo que, pese a que periódicamente se paga, nunca desaparecerá y la deuda se incrementa. Emponzoña y pervierte los vínculos interpersonales; traicionas con ella y por ella y su respuesta siempre será incrementar la deslealtad hacia uno mismo imposibilitando un desarrollo de un equilibrio personal, impidiendo y dinamitando el establecimiento de relaciones de intimidad profunda y fomentando una amplia red de vínculos superficiales.

Si tenemos en cuenta su potencia y su vigor podemos tener una mirada esclarecedora hacia esas, tan frecuentes, ansiedades, somatizaciones y «depresiones», «inexplicables», atribuidas a «desequilibrios en los neurotransmisores».

Es esencial tomar conciencia de lo que se pierde, tener la certeza de que muchos hitos de la vida no serán alcanzados mientras se mantenga la mentira, ya que, aunque no lo parezca, sus efectos son omnipresentes y extendidos, a veces de forma sutil y camuflada, a muy diferentes ámbitos de la vida. Desligarse de ella es la puerta, la única entrada para una vida que merezca ser vivida con plenitud y autenticidad.

Cuando se desvela solo hay dos opciones; el reconocimiento y la asunción de toda su magnitud o continuar en su apresamiento, que conduce, de múltiples formas, al abandono y al mayor de los desastres: la pérdida de uno mismo. Cuando se afronta se abre un camino arduo, tortuoso y laborioso pero posible.

¡Ah! Nunca hay que olvidar que, aunque pueda no parecerlo, es tremendamente infecciosa y contagiosa y tiene una potente trasmisión intergeneracional. 

Autor: Antonio Sánchez González

Psiquiatra- Psicoterapeuta – Perito Judicial Especializado en el trabajo con personas afectadas por acontecimientos traumáticos

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